Sé un obrero

En lo que se conoce como la oración sacerdotal, Jesús menciona a menudo a los hombres que Dios le había dado. Dice, por ejemplo: «He dado a conocer tu nombre a los hombres que me has dado del mundo» Juan 17 v6. O también: «Cuando estaba con ellos en el mundo, los guardaba en tu nombre. He guardado a los que me has dado...» Juan 17 v12

Aquí tenemos una muestra de la magnífica mentalidad de siervo que tenía Jesús. Dios le había dado especialmente a unos hombres, y él los guardó y protegió con celo y amor.

Ese grupo de discípulos no era muy numeroso, pero Jesús no se mostraba indiferente hacia ninguno de ellos, y los cuidaba como a la niña de sus ojos.

A nosotros también, Dios nos confía especialmente a una o varias personas. Se trata, por ejemplo, de un joven, un niño, almas que confían en nosotros. No debemos permanecer indiferentes ante ellos. El mayor enemigo del amor es la indiferencia. Tendremos que dar cuentas ante Dios por las almas que nos ha confiado de esta manera.

Un hermano o una hermana en el Señor no debe creer que ser un obrero en el reino de Dios representa una tarea considerable e imposible de alcanzar. Basta con descubrir a aquellos que Dios nos ha dado y luego trabajar con ellos siendo conscientes de nuestra responsabilidad hacia ellos. Entonces nos convertimos inmediatamente en obreros en Su viña.

En Hebreos 4 v1 leemos estas notables palabras: «Temamos, pues, mientras aún subsista la promesa de entrar en su reposo, que ninguno de vosotros parezca haber llegado demasiado tarde». Cuando leemos este versículo prestando atención a las palabras subrayadas, nos damos cuenta claramente de nuestra responsabilidad. Un alma humana tiene más valor que el mundo entero. No debemos considerar que es poca cosa trabajar con una sola persona. Seamos conscientes de nuestra responsabilidad hacia todos (los hijos de los amigos, por ejemplo, trabajemos para que sean guardados en la Iglesia). Cuando alguien se aleja, quizá pensemos: «Sí, hace tiempo que me di cuenta de que él (ella) empezaba a alejarse…». Sí, pero ¿qué hemos hecho para evitarlo? Las almas humanas son el objeto de una gran lucha.

Está escrito en la epístola de Judas que el arcángel Miguel y el diablo se disputaban el cuerpo de Moisés. ¡Con cuánta más razón las almas humanas vivas son el objeto de una gran lucha en el mundo de los espíritus! Luchemos y perseveremos en esta lucha. La situación puede parecer difícil en el caso de muchas personas. Pero, tarde o temprano, la llama se enciende de repente en su corazón. El trabajo que hemos realizado con ellos no ha sido en vano.

Leemos acerca de David: «Escogió a David, su siervo, y lo sacó de los rediles; lo tomó de entre las ovejas que amamantaban, para que pastoreara a Jacob, su pueblo, e a Israel, su heredad. Y David los guió con un corazón íntegro, y los dirigió con manos hábiles» Salmos 78 v70-72

David caminaba detrás del rebaño. Cuando este avanzaba, ninguna oveja podía quedarse rezagada sin que David se diera cuenta. Y los animales salvajes que querían atacar al rebaño por detrás también tenían que pasar por delante de David. Esa es la posición que debemos ocupar si deseamos cuidar de aquellos que Dios nos ha dado. Cuando un ataque se dirige contra el rebaño, debe encontrar resistencia por nuestra parte.

Es trabajando en la viña del Señor donde encontramos nuestra propia vida. Es allí donde aprendemos a soportar, a llevar y a sufrir. Es allí donde se manifiesta el entendimiento que tenemos. Es allí donde la vida se vuelve interesante.

Lo que hace falta es tener compasión por los demás. Una hermana, que escribió himnos llenos de calidez, desde su juventud tuvo un corazón bondadoso por las personas que la rodeaban, y entre otras cosas para los presos. Al no tener permiso para entrar, se colocaba justo delante de la prisión y cantaba para ellos con la esperanza de que los presos la oyeran desde dentro.

Es mediante el trabajo en la viña del Señor, al servicio de nuestro prójimo, como participamos del amor divino. Allí nos encontramos con nuestra propia dureza, nuestra indiferencia, nuestra falta de compasión, y tenemos la oportunidad de purificarnos. Debemos comenzar con lo que Dios nos ha dado, con lo que Dios prepara para nosotros. Ya hay suficientes «grandes predicadores» en este mundo. Pero la Iglesia se edifica mediante el trabajo individual y fiel de cada uno.

Es muy importante ponerse a trabajar, tanto material como espiritualmente. Cuando uno está ocupado y puede dedicar su tiempo a cosas que tienen valor, las tentaciones ya no son tan numerosas ni tan grandes. El espíritu de este siglo nos empuja a querer disfrutar y a vivir para nosotros mismos. Sin embargo, «la mano de los diligentes dominará, pero la mano holgazana será tributaria» Proverbios 12 v24. Pongamos, pues, nuestro cuerpo al servicio de esta tarea, y comencemos en nuestro hogar.

Jesús dijo a sus discípulos: «La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies» Mateo 9 v37-38. En el versículo anterior se dice de manera muy impactante: «Al ver a la multitud, se compadeció de ella... » Mateo 9 v36. Así debe ser también en nuestro caso con respecto a nuestro prójimo. El primer paso en el camino que nos permite convertirnos en obreros en el reino de Dios es abrir nuestro corazón a los hombres. «No se me da bien hablar», dirán quizá algunos. No se trata en absoluto de saber hablar. No está fuera de tu alcance tener corazón para los hombres. Es un lenguaje que ellos entienden. Entienden muy bien cuando encuentran amor, calidez y compasión. Los hombres «languideciendo y abatidos», dan pena. Miremos más allá de la dura coraza con la que se envuelven muchas personas. « Mi corazón estaba a punto de romperse, pero nadie lo sabía », dice un poema. Y hay muchos que se encuentran en ese estado.

Si tenemos un corazón bondadoso hacia los demás, ese corazón cálido seguramente nos inspirará las palabras que debemos decirles. Ojalá tengamos mucha más seguridad para hablar con ellos. Muchas personas que tienen mucho menos que ofrecer a los demás que nosotros suelen tener mucha seguridad. ¡Con cuánta más razón debemos tenerla nosotros! Debemos aprender a aprovechar el tiempo. Tenemos ocasiones en las que podemos hablar fácilmente con los demás. Reflexionemos: ¿Hemos hablado alguna vez de la salvación de su alma con nuestros compañeros de clase o de trabajo? ¿Los hemos invitado alguna vez a la iglesia? ¿Les hemos dado algún libro o folleto edificante?

Cuando pensamos en el servicio, no debemos creer que consiste en reunir a la gente a nuestro alrededor, de tal manera que aquellos a quienes servimos se conviertan en una «plataforma» para nosotros, con la que podamos ponernos en primer plano. Los políticos suelen actuar así. Pueden realizar largos viajes y sacrificar mucho tiempo, pero sus oyentes se convierten en su «plataforma». En cuanto a nosotros, deberíamos ser más bien nosotros quienes sirvamos de plataforma para los demás. «Porque, aunque soy libre respecto a todos, me he hecho siervo de todos, para ganar a los más posibles» 1 Corintios 9 v19 , dice el apóstol Pablo. El hombre tiene un gran deseo de elevarse, y es fácil utilizar sus capacidades y dones para ascender. Debemos guardarnos de actuar así. Pablo nos exhorta: «No seáis motivo de escándalo ni para los griegos, ni para los judíos, ni para la Iglesia de Dios» 1 Corintios 10 v32. Y añade un magnífico testimonio personal: «De la misma manera que yo también me esfuerzo en todo por complacer a todos, buscando, no mi propio beneficio, sino el de la mayoría, para que sean salvos. Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo».

Pablo se esforzaba por complacer a todos, para poder ayudarles.

Hay que tener una actitud positiva hacia todo el mundo. Una actitud negativa revela que no nos interesamos por los demás. Las personas con las que nos cruzamos deben sentir que les mostramos interés. Debemos tener hacia ellos una actitud tal que noten el interés que les profesamos. Y cuando nos hemos sintonizado en la misma «onda», es fácil llevar la conversación hacia lo que concierne a la salvación de su alma.

Muchas protestas no son, en realidad, más que preguntas disfrazadas. Las protestas y las actitudes fanfarronas no deben asustarnos, ni hacernos adoptar un aire ofendido. No debe haber en nosotros motivo de escándalo. Si adoptamos un aire ofendido por el comportamiento fanfarrón de los demás, es porque hemos encontrado en él un motivo de escándalo.

Sigamos adelante y trabajemos todos juntos. Abramos los ojos para ver a aquellos que Dios «nos ha dado» y velemos por ellos, sean muchos o pocos. Que este despertar para trabajar en la viña del Señor pueda dar frutos abundantes en el tiempo venidero.

(Extracto de una reunión para jóvenes)